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Hoy murió mi viejo. Nos dejó su alegría.
A las dos menos diez de la madrugada me desperté sobresaltado. En ese momento se estaba muriendo mi viejo. A las dos y diez me llamó mi hermano, que lo habían llamado de la clínica.
A las dos y media llegó mi hija. Nos abrazamos y lloramos. En los dos está el mismo recuerdo. De su alegría, de su amor profundo a la vida, a los suyos, a la humanidad.
La última vez que hablamos, el miércoles 14 a la noche, recordó a todos los suyos, a sus nietos, a sus hijos, a su amor de toda la vida, Irma, y pude verlo reír por última vez, por un chiste que yo le hice. Me regaló su última risa. Y luego me dijo que se quería morir, porque así no quería vivir. Lo dijo tranquilo, como ya nos lo había dicho desde hace unos días a todos. Ateo hasta el último día, creo que él sabía que va a perdurar en nosotros, en todos los que lo amamos.
Ya no puedo dormir. Escucho música gallega, de The Chieftain, Xeito Novo y Carlos Nuñez. Su música, su exacta mezcla de morriña y alegría. Muchas de las canciones que silbaba todos los días en su juventud y algunas veces en su vejez.
Recién llegado de España trabajaba en la panadería, y ya se hizo amigo de los polacos que vivían en Lavallol. Ellos lo invitaban a sus fiestas. Para él Buenos Aires era una fiesta.
En sus paseos por el barrio de la vejez, todos lo saludaban. Para todos tenía un saludo afectuoso, un chiste, un recuerdo. Hasta los coreanos lo conocían y saludaban con cariño. Supo tener amigos de todos los credos y razas. Sólo a un vecino le retiró el saludo para siempre, porque dijo que Videla había "estado bien".
Juntó solo 2000 firmas contra la privatización de las jubilaciones en la puerta de Disco. Desde entonces, durante años, lo paraban viejitos jubilados para preguntarle cosas de su jubilación de las que, lógicamente, no tenía la menor idea.
Recuerdo su sencillo, ingenuo, y a la vez tan racional y pragmático, sueño de campesino, cada vez que veía a un miserable, a un hambriento: "Si todos tuvieran un pedacito de tierra, y les enseñaran a cultivarla, nadie debería pasar hambre". Aquel grandioso sueño de progreso forjado en su aldea en la revolución que vivió en los años treinta: el teatro campesino; el maestro republicano, Arximiro; la ilustración contra el oscurantismo de la Iglesia, la fraternidad campesina de la cooperativa agraria... Sueños y amigos amados destrozados por el franquismo. Sueños a los que, sin embargo, él nunca renunció. Sueños que vinieron en los barcos. Sueños que me fue legando desde los primeros "cuentos gallegos" que me contaba, incansable, desde la cuna.
Tantas veces me contó de su aldea remota, que con ella soñaba de niño y, cuando la vi, ya la conocía. Estaba igualita que en mis sueños.
Él nos llevó a conocer el mar. Fue en Mar de Ajó en febrero 1959. Llegamos en la caja de un viejo camión atravesando un inmenso medanal, que a mi me parecía un desierto de las películas que veía en el cine Cristal de Lanús. Y luego la grandiosidad del mar. Era un regalo suyo. Así lo sentimos.
"El único recuerdo que tengo de mi madre, es cuando me alzaran para que pudiera verla muerta en su cajón". Así comienza su autobiografía. Por esa falta de madre que tenía desde niño, se emocionaba cuando veía a mamá cuidándonos en la playa, mientras jugábamos.
Un día vio volver a su peor pesadilla: el fascismo de vuelta, 35 años después, en Buenos Aires, le dijo a mis hermanos que se fueran de casa. "Porque los van a venir a buscar". Cargó su viejo revolver y pensó: "el primer fascista que suba por esa escalera va a tener un balazo".
Recuerdo su excitación de última batalla cuando hace dos años inauguraron el monumento a los caídos, asesinados por el fascismo, en Montecubeiro, frente al que fuera el local de la Cooperativa Agraria. No pudo ir, pero "vivió" ese momento como una victoria personal.
Nos dejó esos sueños, una profunda fe en la humanidad, su alegría, su amor a la vida. "Ves, hoy es un lindo día", le dijo a su nieta Adriana la última vez que la vio pocos días antes de morir.
Nos mostró con sus gestos y sus manos hábiles de campesino y artesano carpintero, que teníamos que ganarnos el pan con nuestro trabajo. Con sus manos me hizo mi cuna, mi hamaca y algunos de mis primeros juguetes.
Nos dejó su amor a todos. En especial a mamá, a la que conoció en un baile, en Avellaneda, hace 60 años, y solo la muerte pudo separarlo de ella. En su vejez, cultivaba hermosas flores para que ella pudiera verlas todos los días desde su ventana.
Daniel Veiga
Viernes 16 de Diciembre de 2005
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