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Fragmento del libro Cuaderno del príncipe de Espenuca
por Carlos Penelas (programa 08-08-04)
Eran los años de la yapa. Es una voz que viene del
quechua (llapay = añadir) pero nosotros lo desconocíamos. En los almacenes o en la feria nos daban algo más sin
cobrarnos. Así eran los vecinos, el mozo del bar, el zapatero. Era la época de la libreta de hule negro, siempre en poder del
cliente. La fidelidad y la ética conocían el canto de los pájaros, el silbido del diariero, las casas de una planta. La
yapa era un gesto fraternal, una afectuosa recompensa. Estaba instituida en la verdulería y hasta en las panaderías. En la
carnicería la yapa se transformaba en "la carne para el perro". Recuerdo la voz de mi madre: "Don Ramiro no te
dió la yapa. Andá "a reclamarla." "Mi mamá me dijo que se olvidó de darme la yapa, don Ramiro." Allí el bueno del almacenero,
el gallego del barrio, me daba una golosina. Era agradecimiento, una suerte de generosidad natural. En la
farmacia un hombre con delantal blanco y anteojos gruesos nos ofrecía confites de anís. Como la "verdurita" en el
negocio de don Vitorio. Eran los gramos de más de la balanza. Me gustaba ver las cajoneras de madera con
ventanitas y manija de bronce, repleta de fideos sueltos. El azúcar en los frascos de vidrio, los caramelos en las
carameleras. Viví la época en que todos los loros eran peronistas.